Mujer rural y su papel en sociedad

Por: Sandra Riveros

La lucha por la dignidad es un camino compartido de mujeres y hombres que requiere el esfuerzo de la construcción de hombres y mujeres nuevas que a partir de la práctica y la lucha se reconstruyen sobre los valores solidarios y comunitarios,  sirven a los interese de las comunidades, comprometidos a aprender y enseñar y al  liberarse de cualquier opresión en nuestro pensamiento y prácticas, lo cual pasa por aprender y facilitar la participación activa y plena de las mujeres en los espacios de toma de decisiones del movimiento campesino, ya que lo que ahí se decida afecta la vida de las mujeres y de las comunidades.

La mujer rural desarrolla múltiples actividades, tanto en su condición de productoras agropecuarias, como en el cuidado de la familia y sus comunidades. Sin embargo, su aporte tanto a los ingresos familiares y sociales no es reconocido, ni valorado social y económicamente.

Esta situación se ha venido convirtiendo en un problema social, a causa de los efectos que tienen sobre las mujeres, las políticas de producción agropecuarias, el conflicto social y armado y la ausencia de políticas agropecuarias dirigidas al reconocimiento del aporte del trabajo de la mujer a la familia, a la comunidad y el país.

Las mujeres se constituyen como un punto de resistencia, que es a la vez vulnerable dentro del conflicto que vive Colombia, puesto que la violencia sexual y todos los otros tipos de violencia propias del conflicto y del sistema capitalista en que vivimos repercuten negativamente en el tejido social campesino.

Las mujeres históricamente han sido relegadas al trabajo de la casa y subordinadas en la participación comunitaria y organizativa y sus labores continúan siendo asociadas a los roles de género reproductivos y de cuidado de los hijos y esposos. Se sigue invisibiilizando el papel productivo de las mujeres y perpetuando las distintas formas de violencia a las que son sometidas, por esto se hace necesario que las mujeres conozcan sus derechos para que adquiera la capacidad de luchar por la defensa de los mismos.

Está tendencia a relegar a la mujer a labores de cuidado y de reproducción, las ha colocado en un nivel inferior con relación a los hombres, cuestionando su capacidad organizativa y de liderazgo. Las mujeres rurales por estar en territorios inmersos en el conflicto y por lo tanto con la presencia de grupos armados legales e ilegales ha dificultado su proceso organizativo y las ha convertido en blanco de violencia física, sexual y económica.

Aunque las mujeres campesinas tienen una representación importante en la economía y, en la inmensa mayoría comienzan a trabajar desde niñas, sin contrato y sin beneficios o asistencia social, en fin, sin ningún tipo de reconocimiento. Muchas de las niñas terminan abandonando los estudios, generando un índice grande de analfabetismo de mujeres campesinas. Estas mujeres a pesar de su valioso aporte, continúan invisibles, siendo poco o nada reconocido su trabajo; así también, cuando éste es reconocido formalmente, muchas veces, se les niega la efectividad de sus derechos más básicos de la vida digna.

Más allá de la invisibilidad del trabajo, las mujeres trabajadoras del campo quedan expuestas a la falta de atención a su salud, o cuando tienen atención no tienen el cuidado integral y calificado, principalmente en los temas relacionados con los derechos sexuales y reproductivos. Hay incontables formas de violencia cometidas por el capitalismo patriarcal contra las mujeres campesinas, como por las estructuras y aparatos del Estado capitalista, como la represión y la criminalización de sus formas de organización y reivindicaciones, que merecen ser identificadas, debatidas y combatidas.

El capitalismo se ha sustentado la violencia contra la mujer en diferentes factores. Aunque la violencia y la opresión contra la mujer hayan existido en sociedades precapitalistas, la sociedad capitalista nuestra cada día sus contradicciones, especialmente en la desigualdad de género y en la división social del trabajo.

En el campo el trabajo de las mujeres no es reconocido como generador de renta y riquezas, sino que más bien es visto como una ayuda al marido o compañero. La falta de autonomía sobre su propio cuerpo, ya que la mujer no decide. El hombre, el Estado, la religión, la familia y muchos movimientos sociales imponen un patrón de obediencia y comportamiento a las mujeres, impidiéndolas decidir sobre sí mismas. La poca participación política en los espacios de poder y decisión, pasando de los espacios domésticos y la unidad productiva hasta las direcciones de las organizaciones y los espacios públicos. Al no conseguir dominar a las mujeres por otras vías, se usa la fuerza, o sea la violencia física y psicológica contra las mujeres.

El capitalismo y la cultura patriarcal consolidaron conceptos y desarrollaron en la sociedad cuál es el lugar y el papel destinado a las mujeres y a los hombres. La mujer fue destinada al espacio privado, el hombre al espacio público. En este modelo el hombre necesita dar respuesta en la producción y en el sustento económico de la familia; la mujer, además del trabajo formal, tiene como tare la reproducción y el cuidado, la sobrecarga de las labores domésticas vistas como una obligación y no como un trabajo. Sin embargo, a pesar de estos patrones culturales, en muchas familias actualmente son las mujeres las proveedoras, las que cuidan y garantizan el sustento y la vida de toda la familia.

Se tiene el desafío de solidarizarnos con nuestras compañeras, sentir su dolor como si fuera nuestro dolor; y de manera organizada, luchar contra este sistema que humilla, explota y masacra a las mujeres.

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